Al Profesor Dr. Jorge Abulafia Maestro de la Dermatopatología internacional

Un 6 de enero de 1921 los queridos reyes magos de nuestra infancia trajeron a este mundo al niño que llegaría a ser el pionero de la dermatopatología en el mundo de habla hispana y uno de los más prominentes dermatopatólogos de su tiempo.
Provenía de una familia humilde, trabajó con su padre en un negocio de la calle Moreno, a los 16 años completó sus estudios secundarios en una escuela nocturna, no sabía si seguir Medicina o Ingeniería. Para poder costear sus estudios trabajó como sereno del Hospital Ramos Mejía, luego como empleado administrativo y finalmente como ayudante en el Servicio de Patología. Allí, siendo aún estudiante, se despierta su vocación de patólogo. Recorrió con su sol de noche en mano los pasillos de Hospital Ramos Mejía iluminando esos laberínticos pasillos, así como con el paso del tiempo, fue iluminando los laberintos de la dermatopatología.
Se recibió en 1948, con la decisión de ser patólogo y de querer desarrollarse en algún campo de la patología todavía no explorado.
Obtuvo un puesto de médico en la Municipalidad de Buenos Aires, del que fue despojado por su participación en los movimientos estudiantiles de aquella época.
Su gran maestro en la clínica dermatológica fue el Profesor Dr. Luis E. Pierini; concurrió a su Cátedra de Dermatología en el Hospital Rawson. Su primera tarea fue ayudar al Dr. Ismael Pomposielo en el laboratorio de histopatología, allí conoce al Dr. Guillermo Basombrío, quien le ofreció una beca para estudiar lepra en Río de Janeiro. Luego en Buenos Aires, volvió a la Cátedra del Profesor Pierini haciéndose cargo del Servicio de Histopatología. El Hospital Rawson fue su gran escuela, él mismo veía al paciente, hacía las tomas de piel, pudiendo así realizar la correlación clínico-patológica. Allí conoció a los profesores Julio M. Borda y David A. Grisnspan a los que estuvo fuertemente unido por una amistad que se perpetuó en el tiempo. Con estos queridos colegas y amigos realizó magníficos trabajos científicos que marcaron hitos en la dermatología y en la dermatopatología. Su tesis de doctorado por la que obtuvo el Premio Facultad de Medicina trata sobre la “Histopatología e Histogénesis de los Blastomas y Pseudoblastomas Cutáneos”. Ya desde sus albores en la medicina, tuvo la clara visión de la capital importancia de los procesos de histogénesis y de patogénesis, convirtiéndolos en su regla áurea. Desarrolló una intensa actividad hospitalaria, fue patólogo del Instituto Pasteur, de la Fundación de Investigaciones Histológicas Roux donde conoció al Dr. Moisés Polak, quien le enseñó las técnicas de impregnación argéntica que perfeccionara con Don Pío del Río Hortega en su larga estadía por Buenos Aires. Fue patólogo de los hospitales Roffo, Fiorito, Ramos Mejía y del Instituto Oncológico Marie Curie. En el Hospital Privado de Piel que dirigía el Dr. Julio M. Borda, dictó sus antológicos “Cursos de Dermatopatología”, por décadas. Fue Profesor Titular Interino de Dermatología, del Hospital de Clínicas, Presidente de la Sociedad Argentina de Dermatología, Vicepresidente de la Asociación Argentina de Dermatología, colaborando con la Profesora Dra. Lidia Valle en su titánica tarea de consolidar y elevar la institución, Presidente del Colegio Ibero-Latinoamericano de Dermatología; Miembro Honorario de sociedades nacionales y extranjeras, fundador de la Sociedad Argentina de Dermatopatología.
Recibió numerosas distinciones y premios por sus trabajos científicos, siendo de destacar las designaciones de Maestro de la Dermatología Argentina, Maestro de la Dermatopatología Argentina y Maestro de la Dermatología Ibero-Latinoamericana. Fue declarado Visitante Distinguido de la Ciudad de Tegucigalpa (Honduras) y Doctor Honoris Causa de la Facultad de Medicina de la República Oriental del Uruguay.
Recibió el premio Marie Curie otorgado por la República Francesa, por su actividad como Jefe de Patología en el Hospital Municipal de Oncología Marie Curie.
La Liga Internacional de Sociedades Dermatológicas reconoció sus méritos otorgándole el Certificado de Apreciación por una vida de trabajo dedicada a la investigación y a la enseñanza en la dermatopatología latinoamericana.
Intervino en la publicación de siete libros de dermatología, en la publicación de ciento sesenta y seis trabajos en argentina y cincuenta trabajos en el extranjero.
Dictó innumerables y memorables conferencias en nuestro país, en toda Latinoamérica y Centroamérica.
Prontamente en el desarrollo de su carrera vislumbró la relevancia de la correlación clínico-patológica, considerándola herramienta imprescindible para el más acabado diagnóstico en dermatología y en dermatopatología, convirtiendo así a dermatólogos y dermatopatólogos en aliados inseparables para el enfermo de piel.
Pionero y referente de la dermatología científica y de la dermatopatología ibero-latinoamericana, realizando numerosas contribuciones científicas que alcanzaron proyección internacional. Se dedicó plenamente al desarrollo de la dermatopatología, dejando una marca imborrable a través de sus brillantes estudios analíticos y de su generosa y apasionada tarea de educador. Fue el creador de la dermatopatología de habla hispana. Con lápiz y papel, con tiza y pizarrón, fue plasmando sus ideas, fue dibujando los pasos de su inquietante e innovadora línea de pensamiento.
Tuvo el talento de los grandes, de los elegidos, tuvo la llama inspiradora de la búsqueda de la verdad y contó con el nervio, la curiosidad y la motivación como combustibles en su proceso de búsqueda, de creación. Tuvo la capacidad y el privilegio de ver más allá de lo convencional, de preguntarse el por qué de los procesos; trataba de indagar en las profundidades de su propio conocimiento y anhelaba poder conocer más, abogaba por la proliferación de su saber con profundo amor, con ansias de descubrir, de crear.
Tuve el exquisito privilegio de compartir jornadas de intenso trabajo y estudio con el Profesor Abulafia durante diez años; me emociona recordar el día en que nos conocimos en su consultorio.
El Dr. Fernando Cueva discípulo también de Don Moisés Polak, me dijo, “yo no le voy a enseñar dermatopatología, que le enseñe el mejor”; yo, imbuida en el mundo de la patología general, le pregunté “quién?”.”Cómo quién?,.. no sabe a quién me refiero””no!”, “al profesor Abulafia, m’ hija… si quiere ser dermatopatóloga, búsquelo y convénzalo”. Lo llamé durante interminables tres meses y no se decidía, argüía que estaba retirado. Yo insistí, hasta que llegó el día en que quiso conocerme, nos vimos y empezó a enseñarme.
Ha sido la persona de mérito más relevante entre las de su clase, ha sido, un Maestro y yo he sido una persona que intentó aprender su doctrina, su ciencia, su arte, bajo su dirección, he sido su Discípula. Anhelo honrarlo, no cejando en la búsqueda de la verdad diagnóstica, en la necesidad de comprender los mecanismos fisiopatogénicos de las lesiones, y transmitiendo sus pensamientos directrices.
Ha realizado trabajos magistrales, como su interpretación de los mecanismos productores de la lepra, en Inglaterra se publicó este trabajo revolucionario, este divino tesoro, fruto de sus investigaciones y elucubraciones más racionales y brillantes.
Ha sido un artesano, un creador. Cuando deseaba analizar un tema problemático se hacía innumerables preguntas que debían encontrar su respuesta, comenzaba su fase creativa, primero desmenuzando el tema, luego construyendo su pensamiento renovador.
Sentía la divina obligación de realizar aportes, de colaborar, de compartir su ciencia, su arte, con sus colegas y sus discípulos. Le brotaba a borbotones su generosidad científica, las puertas de su consultorio estaban abiertas para todos aquellos que lo necesitaban, sintiéndose halagado por las consultas, analizaba los preparados en consulta con el mismo amor, la misma pasión y fruición con que estudiaba los suyos.
Proyectó su vida para trascender en la medicina, para dejar marcada a fuego su huella, y lo logró, no por una mera satisfacción personal, sino para contribuir en el arte de diagnosticar y de curar. La descripción de sus casos me suenan hermosos y apasionados poemas cargados de amor, amor al diagnóstico verdadero, amor a la verdad, verdad a la que buscaba apasionadamente. Subió peldaño tras peldaño de las difíciles escaleras del ascenso profesional, desde el rellano hasta la cima, comprendiendo que el logro más exquisito de su saber sería alcanzar la más precisa comprensión de los mecanismos productores íntimos de las enfermedades de la piel. Su inmenso tesoro científico residía en la búsqueda amorosa del más acertado diagnóstico patológico, convirtiéndose así en un filósofo de la dermatopatología, buscador denodado del por qué de los signos que observaba, los analizaba, los confrontaba, ideaba la secuencia más lógica de los posibles eventos, proyectando así un diagnóstico posible.
Este digno y honorable Maestro tenía una familia a la que amaba profundamente, sus brillantes hijos, Alberto y David y su esposa Polita, como el profesor la llamaba. Necesitó de ellos para buscar, para indagar, para investigar, para educar, para ser el profesor Abulafia. La señora Pola fue además durante años, su secretaria y su asistente, y fundamentalmente, como él decía, “Pola es y será siempre mi gran compañera.”
El 7 de mayo de este año, a los 85 años se tomó un descanso, se fue de gira científica. Mientras tanto, todos los patólogos y dermatólogos debemos demostrarle que hemos aprendido de sus clases, de sus publicaciones, de sus adorables conferencias; tenemos que honrar al Maestro, honrando a los enfermos, y honrando el preciado diagnóstico clínico-patológico.
Profesor Abulafia es un honor para sus colegas haber compartido el mundo científico con usted.

Dra. Roxana Laura Panzeri
Buenos Aires, Octubre de 2006.

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