Homenaje al Profesor Pedro Horacio Magnin

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Querido Profesor:

Hoy Usted no puede respondernos… y nos preguntamos: ¿las acciones de un hombre se borran en el tiempo, o quedan en algún lugar desconocido aún, plasmadas para la eternidad?
Milan Kundera sostiene con respecto a la existencia humana: “Una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror o esa belleza nada significan”.1
Llueve en Buenos Aires, dermatólogos de distintos países se encuentran reunidos en el XXI Congreso Mundial de Dermatología. En medio de la exposición comercial, en un pasillo ancho se empiezan a congregar colegas de manera casual. Hablan con distintos acentos, hay abrazos, sonrisas y mucha emoción.
Todos hemos cambiado, pero en el encuentro de las miradas, nos reconocemos y en un instante todo vuelve a ser igual. Se formulan las preguntas de rigor: ¿Te has casado? ¿Tienes hijos? ¿Y el trabajo? Pero tras pocas frases la palabra obligada es para Usted:

– ¿Te acuerdas de aquel día en el consultorio de las 5 de la mañana?…
– ¿Estabas tú en esa recorrida de sala?…

y surgen relatos, bromas, que van brotando por la piel…

De pronto estamos veinte años atrás, volvemos a tener apenas 30 y buscamos el norte para nuestras vidas. Muchos vienen de distintas regiones de España. Otros somos latinoamericanos, llegados de Bolivia, Ecuador, Colombia, Chile. Estamos también los argentinos, del interior o porteños. Alguno viene aún de más lejos y lo delata su castellano improvisado. Somos jóvenes y buscamos nuestro horizonte en la profesión médica. No tenemos experiencia, muchas veces nuestra voz tiembla en la recorrida de sala ante su presencia y olvidamos que decir.
De nuestra máquina de escribir, hoy obsoleta al lado del ordenador, sale el primer artículo para publicar hacia su despacho. Siempre muy temprano, usted lo lee y lo relee, lo corrige y vuelve a corregir, mientras uno suda ante usted. El trabajo viaja de la máquina de escribir a su despacho, de su despacho a nuestra máquina de escribir. Así va y viene, viene y va, incontables veces. Nosotros corregimos y volvemos a escribir todo el trabajo varias veces. Finalmente, cuando creemos que no vamos a terminar nunca, ¡publicamos junto a usted el primer artículo dermatológico de nuestra vida en la Revista Argentina de Dermatología!
Nuestra tarea es revisar al paciente, hacer que se saque toda la ropa y verle toda la piel. Los lunes estamos a las 5 de la mañana en punto, escribimos, leemos, pensamos mucho en todo y mucho más en la lepra. Hacemos guardia, atendemos las veintiocho camas y nos preparamos para cada recorrida de sala. Cada uno trabaja en su tema. Aquel en porfirias, aquella en esclerosis tuberosa, el otro en cirugía dermatológica.
Pasan los meses, los años y así van saliendo de nuestras manos los trabajos para el Curso de Julio, los casos para el Forum de Dermatólogos Jóvenes o para la Reunión de los Dermatólogos Argentinos y la monografía con la que nos recibiremos de Dermatólogos. Todo pasa bajo su mirada, severa e indulgente a la vez, como la de un padre.
Si hay un tema que tratar nos cita bien temprano, a las 7, puede ser un día martes o cualquier otro, pero nunca un lunes: los lunes desde las cuatro llegan los primeros pacientes. Algunos vienen de lejos y están graves. Delante de nuestros ojos empiezan a pasar enfermos y enfermedades. Un hombre tiene pénfigo, todavía no fue diagnosticado. Asombrados, nosotros aprendemos el signo de Nikolsky. Junto a todos está usted, siempre.
Sándor Márai afirma: “Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas mas importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Éstas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera”.2


Fig 1

Veo en su despacho el cuadro de Ramón y Cajal y la frase del español que según recuerdo dice mas o menos así: “El talento de los hombres son como ríos que si no se aprovechan se pierden en el mar”. La leo de soslayo mientras revisamos la lista de los pacientes con nevos congénitos.
Usted no quería que nos perdiéramos en el mar.
Trabajó para ello.
Luchó para ello.
Una parte importante de su vida la destinó para ello.

Volvemos. Estamos aquí en el XXI Congreso y llueve en Buenos Aires. Miro a mis antiguos compañeros, hoy dermatólogos formados, y me parece que nos hemos contagiado de usted.
Se nos ha prendido de esa llama suya en nuestro pecho, ese fuego sagrado: el amor por la Dermatología que nos inculcó allí en la Sala XIV del Hospital Ramos Mejía de Buenos Aires. El amor por las lesiones elementales y por las maculosas, por las manifestaciones cutáneas de las enfermedades internas, por “el enfermo y el libro”, tal cual nos repetía con palabras y nos mostraba con su conducta y ética.
Ha sembrado Profesor… Las semillas han crecido, se han dispersado. Somos la última generación de sus discípulos, los más jóvenes. Los que aprendimos trabajando a su lado al final de los ´80 y principios de los ´90.
¿Cómo podemos agradecerle todo lo que ha dado, Profesor?
¿Es propio circunscribir este agradecimiento solo a lo académico?
De pronto, somos conscientes que tampoco nosotros podremos responder: nos hemos quedado sin palabras. La lluvia sigue penetrante. Ahora nos parece que las respuestas están en los hechos: pasaremos la llama, nuestra pequeña llama, el fuego sagrado a nuestros jóvenes, ellos lo mantendrán encendido. La cadena es infinita, somos los próximos eslabones…

Dr. Jorge E. Tiscornia

REFERENCIAS

1. Milan Kundera. La insoportable levedad del ser. Buenos Aires. Tusquets Editores. 1992; 11.

2. Sándor Márai. El último encuentro. Barcelona. Ediciones Salamandra. 2007; 107.

Referencias

REFERENCIAS

1. Milan Kundera. La insoportable levedad del ser. Buenos Aires. Tusquets Editores. 1992; 11.

2. Sándor Márai. El último encuentro. Barcelona. Ediciones Salamandra. 2007; 107.

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