“Conocí a Marisa”

Conocí a Marisa, hace 30 años. Eran mis comienzos en la Dermatología de la mano de dos grandes Maestros, los Dres. Gatti y Cardama. Ella tenía 16 años. El papá era propietario de una importante confitería en Avellaneda. Marisa vivía con él, la mamá y un hermano, 3 años mayor que ella. Había pasado su infancia en la casa de su abuela materna.

Me consultó porque desde hacía dos años tenía nódulos en las piernas, que remitían con la aplicación de corticosteroides, indicado por otros colegas. Cuando la examiné, observé además cicatrices posteriores a quemaduras por bolsa de agua caliente, que ella usaba en invierno. Al tomar la sensibilidad, constaté una pérdida del dolor y de la sensibilidad térmica.

Con estos signos, la biopsia y la baciloscopía confirmé el diagnóstico de lepra. Marisa padecía la forma más severa, que es la lepromatosa.

Este diagnóstico me sorprendió pero más a la familia, que me miraban como espectadores descreídos. Necesité la ayuda de mi jefe y maestro el Dr. Gatti, quien con tono de voz más firme y seguro que el mío, reafirmo el diagnóstico.

Los padres consternados, comenzaron a preguntarse: por qué?, dónde? y cómo? No habían viajado al interior del país, no habían tenido empleados provenientes de zonas endémicas, pero aún desconociendo el origen de la enfermedad de Marisa no dejaban de culparse.

Marisa, quien había aceptado el diagnóstico en forma serena, se interesaba por detalles de la enfermedad y me interrogaba: cuánto tiempo tomaría la medicación?, si podía contagiar y cómo? Si podría tener hijos?

Ante esta problemática familiar, que además de desbordar mi capacidad de manejo ponía en juego el futuro de la actividad de mi flamante consultorio, intenté en varias oportunidades derivarlos a un psicoterapeuta, derivación que nunca se concretó.

En una de las tantas visitas, la mamá de Marisa me relató que su madre padecía úlceras en las piernas. Fuí a verla y después de examinarla, no había dudas que también la abuela estaba enferma de lepra.

La mamá de Marisa entre sollozos me pidió que la acompañara a la casa de su hermana mayor, Luisa, a contarle la enfermedad de la madre.

Pasaron 30 años y aún hoy recuerdo cada detalle. Luisa escuchó el relato y luego estalló en gritos mostrando sus manos en garra y preguntado: ¿Qué crees qué es esto? yo padecí en silencio esta larga enfermedad, al igual que nuestro hermano; mis propios hijos desconocen mi historia y en 30 años nunca los he besado por temor al contagio.

Hubo abrazos, besos, llantos y reproches, yo miraba la escena, perpleja como una espectadora ante una historia que parecía de ficción. Con los años cada uno de los integrantes de la familia” se reacomodó” en el rol que mejor pudo.
• Luisa pudo hablar con sus hijos y esposo, creo que recuperaron en parte los afectos perdidos.
• Marisa, después de años de tratamiento fue dada de alta y logró formar una familia poco convencional, pero una familia al fin.
• La mamá de Marisa, fue la única que no se perdonó, ni pudo perdonar a su familia, continúa diciendo, que el silencio enfermó a su hija.

DRA. Margarita María Jaled

Jefa de Sección Leprología del Hospital Muñiz

NOTA DE LA REDACCIÓN:
Nos pareció oportuno publicar esta historia referida al más allá de la Leprología, que nos acercó la Dra. Jaled.
Historia conmovedora, aleccionadora y redactada con singular belleza por esta autora, quien vivió este caso con la intensidad que nos muestra.

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