Dr. Amado Saúl Cano (1931- 2015)

Dr. Amado Saúl Cano (1931- 2015): ¡Hasta pronto maestro!

No habrá espacio suficiente ni las palabras idóneas, para describir la vida intensa y polifacética del Dr. Amado Saúl Cano, menos aún, de sus aportaciones científicas a la cenicienta de la Medicina, la Dermatología Iberolatinoamericana. Un ser humano excepcional, único, lector insaciable, de trato amable y sencillo, un caballero, muy dinámico e incansable, disciplinado y un motivador nato; un maestro en toda la extensión de la palabra. Nacido en la Ciudad de México en 1931, el mayor de ocho hijos en el seno de una familia conservadora muy unida y culta; su alto desempeño académico se gestó durante sus primeros estudios en la Escuela Nacional Preparatoria, cuyas ilustres autoridades en ese tiempo eran Don José Vasconcelos y el historiador Carlos Pellicer. Hacia 1948, inició sus estudios profesionales en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, siendo rector de la misma el Dr. Salvador Zubirán. En 1954, se recibió de médico cirujano; su tesis profesional fue: “Tratamiento de la sífilis reciente con penicilina”. El contacto muy estrecho desde un principio con el Profesor Fernando Latapí, gracias a las recomendaciones de las Dras. Josefa Novales y Obdulia Rodríguez en el Hospital General de México, se convirtió de inmediato en uno de sus pupilos predilectos. Incursionó de manera brillante en el campo de la Leprología, Micología Médica, especialmente en lo referente a la esporotricosis y micetoma, tuberculosis y parasitosis cutáneas.
Durante 35 años ininterrumpidos fue uno de los fundadores y editor de “Dermatología Revista Mexicana”; la estructuración, revisión y correcciones de los innumerables trabajos que recibía, lo condujo a redactar su muy conocido texto: “Lecciones de Dermatología” que a la fecha cumple su décima sexta edición, de lectura obligada para los estudiantes universitarios de pregrado y postgrado, de lectura fácil, fluída y clara; tal como él pensaba y hablaba.
Su inagotable desempeño docente durante cincuenta años, como profesor de pregrado en diferentes universidades del país y de postgrado de 1978 a 2004, así como su activa participación en incontables cursos monográficos, de educación médica continua, sesiones hospitalarias, reuniones académicas y congresos nacionales e internacionales, lo convirtieron en el personaje indispensable de la dermatología mexicana y extranjera. Ocupó la jefatura del Servicio de Dermatología del Hospital General de México por diecisiete años, para muchos la catedral de la formación dermatológica en nuestro país. Bajo su tutela abierta, innovadora, organizada y receptiva nos formamos como dermatólogos muchos compañeros connacionales y extranjeros, en una estrecha y dinámica hermandad que perdura hasta la fecha.
A pesar de haber sido un hombre callado, muy observador y crítico, su habilidad comunicativa era increíble; bien podría dictar una conferencia en un aula de clase, grandes salones o hasta en un cine. Podría hablar horas y horas sin detenerse, con una sola imagen dermatológica o una simple anécdota: siempre ameno, divertido y conciso.
Un típico día del quehacer dermatológico asistencial como residente, consistía en atender a treinta pacientes por consultorio, ya sea solo o asistido por otro compañero de mayor jerarquía o médico adscrito. Ante la duda diagnóstica o terapéutica de algún caso interesante, era obligación académica acudir a las 11 de la mañana en punto, en forzosa compañía  de todos los integrantes del Servicio, para que el maestro Saúl nos guiara de cómo abordar y tratar de manera integral una enfermedad, quizás después de una de sus “clásicas” reprimendas. “El que da más, aprende más”; “las herramientas esenciales de un dermatólogo son sus ojos y manos, ayudado un poco por un buen cerebro: úsenlos”, solía decir siempre en un tono irónico.
La dermatología latinoamericana está de luto, su presencia física activa, impaciente, su fino sentido del humor sarcástico, personalidad ecléctica, su admirable armonía mental e incansable labor profesional académica y asistencial, se han despedido de este mundo terrenal. A quienes nos formó como médicos dermatólogos y tuvimos la oportunidad de conocerlo y convivir con él, más que el grato recuerdo de sus enseñanzas que han trascendido y perdurado en lo más profundo de nuestros corazones, su filosofía y práctica de vida que muchos tratamos de emular es el mejor regalo que nos brindó, quizás sin desearlo…

Descanse en paz

Dr. Saúl… hasta pronto, Maestro!

Antonio David Pérez-Elizondo

Educación es lo que la mayoría recibe, muchos transmiten y pocos tienen…

Dr. Amado Saúl Cano. Memorias a flor de piel. Nuestros primeros pasos. Volumen IV. Fedele S.A de C.V. Algarabía Editorial, págs. 209-219.

Sea el primero en comentar este artículo

Deje su comentario

Su casilla de mail no será publicada.


*